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Sábado 24 de Octubre de 2026

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CULTURA

24 de octubre de 2026

'Strawberry Fields' en un Mellotron, cassettes con fibrón y diez días para llegar al Colón: la aventura de tocar con Charly García

El violonchelista Patricio Villarejo narra en su libro 'Cuerdas para Charly' el vértigo creativo detrás de 'Líneas paralelas', el concierto que fusionó rock y orquesta sobre el escenario del coliseo lírico en 2013

'Strawberry Fields' en un Mellotron, cassettes con fibrón y diez días para llegar al Colón: la aventura de tocar con Charly García

Fuente: Netfan Servicios

Cuerdas para Charly (o cómo arreglar lo que no está roto), publicado por Gourmet Musical Ediciones, es el primer libro del violonchelista, compositor, arreglador y director Patricio Villarejo. El relato arranca con una llamada inesperada en agosto de 2013: Charly García necesitaba arreglos orquestales para Líneas paralelas, el concierto que llevaría su música al escenario del Teatro Colón, y faltaban apenas diez días. A partir de ese vértigo inicial, Villarejo reconstruye en primera persona los ensayos, las grabaciones, el show en vivo y la camaradería que se fue tejiendo en el camino. El resultado es una crónica sobre el oficio de escuchar y la tensión entre intuición y técnica, escrita desde la paradoja que le da nombre: Charly no quería un "arreglador" porque en su música, decía, no había nada roto. A continuación, un fragmento del libro.

Patricio Villarejo es músico y director de la orquesta Kashmir, bautizada así por el propio García en homenaje a Led Zeppelin. Integró las formaciones de Osvaldo Pugliese y Horacio Salgán, tocó junto a Astor Piazzolla en Holanda y acompañó a Peter Gabriel con la New Blood Orchestra en su gira latinoamericana. Su lista de colaboraciones incluye a Fito Páez, Pedro Aznar, Mercedes Sosa, Luis Alberto Spinetta, Julieta Venegas y Andrés Calamaro, entre muchos otros. Acumula cuatro Latin Grammy y dieciséis Premios Gardel obtenidos en trabajos junto a distintos artistas.

YA VOY PARA ALLÁ

Estaba en casa, una tarde cualquiera, sin planes urgentes, cuando sucedió. Sin identificador de llamadas, no sabía quién era: teléfono fijo, todavía el medio más común. Atendí sin pensarlo demasiado.

—¿Querés trabajar con Charly?

La voz era de Pichón Dal Pont –ingeniero de sonido, productor y uno de los responsables técnicos del proyecto–. Directa, sin preámbulos, como si dijera "hay fuego" o "vení ya".

Y yo no dudé ni medio segundo.

—¡Ya voy para allá! Del otro lado, una pausa.

Y enseguida, la voz más calma de Pichón bajando un cambio:

—No, no… todavía no. No vengas. Esperá.

Entonces me explicó. Charly iba a presentar su concierto Líneas paralelas en el Teatro Colón y Alejandro Terán –compositor, arreglador, una referencia absoluta y quien venía acompañándolo en los arreglos orquestales desde el Unplugged de MTV de 1995– se había bajado del proyecto. Faltaban diez días para el show. Diez días. Alguien tenía que hacerse cargo de la dirección orquestal del espectáculo.

Algunos músicos y productores le habían pasado mi nombre a García. No pregunté quiénes ni cómo. Sólo supe que, si había una puerta, se acababa de abrir. Y atrás de esa puerta estaba todo lo que había soñado desde chico.

Todavía no sabía bien de qué se trataba, pero ya tenía esa vibración en el pecho: vértigo y euforia, como si me invitaran a cruzar un alambre invisible con Charly esperando del otro lado.

Colgué el teléfono con el auricular todavía en la mano y me quedé quieto un momento, sonriendo. No sentía alegría, exactamente. Era algo más raro, más difícil de nombrar: una especie de paz, de certeza de que todo saldría bien.

Una semana después estaba en una sala de ensayo, rodeado de partituras, músicos y sonidos imposibles, con ese huracán llamado Charly García girando en el centro de todo.

Y todavía, mientras todo explotaba a mi alrededor, me escuchaba decirme a mí mismo:

Ya voy para allá.

Y sí.

Hacia allá iba.

Seguía yendo.

EL MELLOTRON DE FITZ ROY

La primera vez que me encontré con Charly fue en su sala de ensayo de la calle Fitz Roy.

Me iban a presentar.

Iba a conocer a uno de mis ídolos de toda la vida, pero no como fan, sino como colega. Como parte de su equipo. Y esa carga me tenía los nervios de punta, al rojo vivo.

Antes de entrar, me advirtieron:

—Mirá que puede estar bien… o mal. Puede ser complicado. Nunca se sabe cómo va a reaccionar.

Y yo, ahí, caminando por ese pasillo largo, lleno de ecos y tensión, sentía que entraba en una dimensión paralela.

Cada paso era una escena.

Vi caras conocidas del mundo del rock: el Zorrito Quintiero me saludó con una sonrisa rápida, el Negro García López me dio un guiño cómpli ce, Alejandro Pont Lezica me palmeó el hombro como diciendo "vas bien". También estaban Fernando Samalea, algunos músicos que no conocía –la base chilena–, Rosario Ortega, y otros más que iban y venían como si todo fuera parte de una coreografía medio caótica, medio mágica.

A algunos los conocía personalmente; con otros solo había cruzado un par de palabras en estudios o escenarios compartidos. Pero a todos los reconocía enseguida: eran parte de ese mapa del rock argentino que yo había escuchado durante años desde el otro lado.

Parecía una de esas películas en las que el protagonista avanza por un backstage y todos le hablan al pasar, como si estuvieran cumpliendo una profecía. Como si siguieran todos un guión y ya supiéramos lo que va a pasar.

Cuando llegué a la puerta, Charly ya estaba ahí. Sentado.

Me miró y lanzó un sonoro:

—¡Hola, Pato!

Se levantó y me abrazó. Alto, desgarbado, me tapó con su altura.

Yo apenas alcancé a balbucear un "gusto en conocerte", pero no llegué mucho más lejos. Estaba paralizado.

Entonces, sin más, hizo un gesto:

—Vení. Se sentó tras un Mellotron.

Me quedé duro. Esos aparatos... pensé que ya nadie los tenía.

Primero tocó un fragmento de las flautas de Strawberry Fields. Después cambió a cuerdas. Y ahí empezó un riff que recordaba a I Am The Walrus.

No dijo nada. Pero lo estaba diciendo todo.

Entonces entendí: me estaba mostrando lo que quería.

—¿Necesitás algo como lo de George Martin? —le pregunté, casi en un susurro.

Charly sonrió, sin dejar de tocar.

—Ahora nos vamos entendiendo —dijo.

Y en ese momento supe que el camino estaba abierto.

LO DEMÁS ERA ESCUCHAR

Después de ese primer gesto musical frente al Mellotron, Charly y yo conversamos un rato.

O mejor dicho: él hablaba, yo asentía, y alguien más completaba los espacios.

Estaba ahí, físicamente presente, claro. Pero por dentro había algo más: un silencio que solo provoca la presencia de un ídolo. Una especie de estado de contemplación activa, donde todo se graba, pero poco se dice.

Charly hablaba de las cuerdas que imaginaba, del Colón, de las pantallas, del sonido envolvente. Tiraba referencias cruzadas como quien reparte cartas sobre una mesa sin mirar: Beethoven, Bowie, Bergman, "cuando grabé con Pedro", "el reverb de Al Green" … Todo estaba al mismo nivel. Todo era parte del mismo universo sonoro.

Yo intentaba seguirle el ritmo. Pero estaba apabullado.

No paralizado: yo diría que más bien contenido. Como si una sola palabra mía pudiera romper el hechizo. Como si hablar de más fuera una forma de traicionar el momento.

Por suerte, otros completaban.

El Zorrito Quintiero, Samalea, Pichón…

Intermediaban. Traducían. Acomodaban mis ideas en frases que Charly podía oír sin ruido.

Y a mí me venía bien. Me daba tiempo.

Tiempo para mirar. Para escuchar. Para registrar.

En un momento, mientras charlábamos, Charly agarró un teclado Casio chiquito que andaba por ahí. Una reliquia de juguete, de esos que uno guarda por nostalgia.

Y sin decir nada, empezó a tocar la intro de Close To The Edge, de Yes.

Todos se quedaron quietos. Mirándolo.

Después cambió –sin transición– a algo parecido a la Novena Sinfonía de Beethoven, pero sonando como si la hubiera programado en un Game Boy.

Pura sinfonía en 8 bits.

Y ahí, sin dejar de tocar, me miró y dijo:

—Todo está inventado. Pero no todo está tocado.

No supe qué contestar. Solo asentí.

Say no more.

Y pensé: claro… yo no vine a hablar.

Vine a escuchar.

EL CAFÉ, EL PIANO Y EL DATO

Después de la charla inicial, nos quedamos un rato más en la sala.

La energía era rara. No había tensión, pero sí algo denso flotando en el aire.

Como si todos supiéramos que algo grande estaba por empezar, pero nadie pudiera ponerlo en palabras todavía.

En un momento, uno de los asistentes apareció con un par de cafés. Charly agarró uno, lo olfateó como si fuera vino, y soltó:

—Esto es petróleo, no café. ¡No se olviden de mi té!

(Los tés de Charly eran un capítulo aparte: eran especialmente fuertes…)

Igual lo probó. Hizo una mueca, se rió y se lo tomó de un trago. Apoyó la taza con un ruido seco, como si marcara un compás.

Después se levantó y fue hasta el piano vertical que estaba contra la pared. Lo abrió como si abriera una valija olvidada y dejó caer los dedos en los primeros acordes. El piano estaba más desafinado que una pianola del lejano oeste. Pero sonaba. De alguna manera, sonaba.

Yo estaba a unos metros. Me acerqué, con cuidado. Sin invadir.

—¿Sabías que este piano estuvo en la casa de María Elena Walsh? —me dijo, sin mirarme.

Negué con la cabeza.

—Mentira. Pero estaría bueno, ¿no?

Se rió solo, como si el chiste le alcanzara solo a él.

Y entonces empezó a tocar una progresión melancólica, bellísima, que no reconocí.

Algo íntimo, no categorizable. Como una canción que todavía no había nacido del todo. Después se detuvo. Me miró fijo.

—Todo el mundo quiere que suene bien. Yo quiero que suene raro, y que duela.

Otra vez, no supe qué decir.

Solo tomé nota, adentro mío.

Ya era costumbre: seguir escuchando.

LOS CASSETTES

Ya estaba por irme cuando Charly me llamó aparte.

Fue casi en voz baja, como si no quisiera que los demás escucharan.

Se agachó, revolvió entre una mochila o una bolsa –no lo recuerdo bien, era de esas bolsas con historias adentro– y sacó un puñado de cassettes. Cinco, tal vez seis.

Estaban marcados con fibrón, letras torcidas, algunas casi borradas: "Cuerdas", "No usar", "Prueba con flauta", "Versiones", "SAM (edit)"…

Parecían piezas sueltas de un rompecabezas sin tapa.

Me los dio uno por uno.

Como quien entrega trozos de un mapa inexacto.

O fragmentos de un sueño que todavía no terminó de recordar.

—Escuchalos. Ahí hay ideas. Algunas están bien, otras no. Algunas son mías. Otras no sé.

Yo los recibí como si fueran objetos sagrados.

Para mí, era eso: un acceso directo a su cabeza, a su archivo más privado.

Una invitación al desorden luminoso de su proceso creativo.

Me estaba dando permiso para entrar.

—¿Qué querés que haga con esto? —le pregunté.

Charly se encogió de hombros, como si la respuesta fuera tan obvia que no valía la pena decirla.

—Que suene como si lo soñaras antes de que lo toquemos.

Esa frase se me clavó como un eco. "Que suene como si lo soñaras…".

Y me fui con los casetes en la mochila, el corazón en la garganta y la certeza de que, a partir de ese momento, todo lo que hiciera tenía que estar a la altura de ese mandato.

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